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El sueño del Sr. Josep Batlló

Casa Batlló

www.casabatllo.es

La Casa Batlló, símbolo del modernismo gaudiniano, es uno de los iconos más representativos de la ciudad de Barcelona. Hasta el mes de mayo, el edificio se encuentra sumido en las obras de restauración de la fachada y de la planta noble. Unos trabajos que son visitables y con las cuales se está dejando a la vista el estuco original de Gaudí. El director creativo de esta casa-museo, Josep M. Civit, nos regala este cuento inspirado en la construcción de la Casa Batlló.

«Había adquirido en 1903 una casa en el Passeig de Gràcia, 43, obra de Emili Sala Cortés, de 1877, de estilo neoclásico y de arquitectura convencional. Luego supe que el arquitecto Sala Cortés había sido profesor de Gaudí y que el propio Gaudí trabajó como delineante en su estudio.

Mi idea, de hecho, no era tanto adquirir el edificio, sino el terreno, donde tenía la idea de construir una casa más singular y de mayor altura.

Fue Eusebi Güell, mecenas de Antoni Gaudí, quien me recomendó este arquitecto, que entonces disfrutaba de una gran popularidad, y que junto a Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch eran, entre otros, los más destacados arquitectos del llamado modernisme català.

Su propuesta me pareció muy sugerente. Lo hablé con mi mujer, Amalia Godó, hija del fundador de La Vanguardia —el periódico más importante editado en Barcelona, todavía hoy—, quien lo consultó con los especialistas en arquitectura del periódico. La Vanguardia siempre tuvo interés por la arquitectura y el urbanismo, como temas de cultura y ciudad —prestigio que hoy sigue teniendo—, y unánimemente coincidieron los especialistas en la magnífica elección de Gaudí para este proyecto.

Debo decir que Amalia, mi mujer, y yo mismo, todavía no sabíamos qué haría Gaudí. ¡Os explico!

Todo fue muy rápido, Güell —su mecenas— habló con Antoni Gaudí, y le propuso que trabajase para mí. Gaudí aceptó inmediatamente y enseguida nos reunimos el arquitecto y yo.

Aquí se inicia la historia más sorprendente y fantástica de la arquitectura. No imaginaba lo que ocurriría.

De entrada, le propuse derribar el edificio de Emilio Sala Cortés, liberar el terreno y que Gaudí —libremente— desarrollara su proyecto.

Gaudí me dijo que no sería necesario derribarlo, que él, a partir de la obra existente, haría una reforma que daría solución a todos los requisitos que yo le exigía.

Si veis la obra de Sala-Cortés, nadie de vosotros podría pensar que, a partir de este edificio neoclásico, un gran maestro como Gaudí podría realizar mi sueño de construir un edificio singular, único, histórico, ejemplo del arte de aquel momento y todo hay que decirlo, que expresase el status social, económico y cultural de nuestra familia.

Insistí que prefería demolerlo y que él hiciera uno nuevo. Él, por su lado, insistió en que no era necesario, que tenía la fórmula para que, sin demolerlo, crear un edificio que fuera un símbolo del espíritu de la época.

Y aquí viene lo asombroso: le pregunté qué haría y como lo haría. Quien conocía a Gaudí, sabía que era un hombre de pocas palabras y de mucha imaginación. Me bastaba, pues, su imaginación.

Me dijo que quería construir una obra cuyos símbolos fuesen acuáticos, utilizando el mar como inspiración, y que obviamente añadiría, —y esto era marca de la casa— leyendas, referencias católicas y todo cuanto el azar y la improvisación le proporcionara.

Todo me pareció maravilloso. La sensatez del arquitecto me excitó sobremanera.

Ya solo faltaba saber cómo lo haría. En aquel momento recordé lo que me dijo Güell sobre Gaudí. Al parecer, en su graduación como arquitecto, el Director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, el Sr. Elías Rogent, dijo: No sé si hemos dado un título a un genio o a un loco. El tiempo lo dirá.

Realmente, lo que Gaudí me explicó me hizo pensar que el título lo había obtenido más por loco que por genio. El arquitecto, muy seriamente, me dijo: Esta obra la hará la naturaleza. Cogeré el edificio actual, lo arrancaré del Passeig de Gràcia, lo transportaré con grandes zepelines y globos aerostáticos enormes y otros artefactos voladores por encima de la ciudad y lo hundiré en el mar, verticalmente por supuesto, mediante submarinos más grandes que el Nautilus de Verne. Esto lo haré cuanto antes, en este año 1904, lo dejaré dos años, hasta 1906, y después lo reflotaré y sencillamente lo volveré a colocar en el Passeig de Gràcia con los mismos sorprendentes artilugios gigantes y con grúas que hasta ahora nunca se han visto. Usted, Sr. Batlló, verá el resultado: el mar habrá reconstruido el edificio. Todo estará impregnado de un mar petrificado, la naturaleza marina se apropiará del actual edificio, por doquier todo serán animales, plantas, grutas, curvas, remolinos, color, todos los matices del mediterráneo. Solo quedará que yo lo firme. No soy yo el que hace mi arquitectura, es la naturaleza.

No entendí nada, estaba aterrorizado, no salía de mi asombro, ¿estaba soñando? Jamás escuché nada tan misterioso —y genial— en mi vida. Y por supuesto no podía explicárselo a mi esposa, ni ella transmitirlo a La Vanguardia, ese periódico culto y social de la ciudad.

Quizás no me había sabido explicar. Me quedé mucho tiempo en silencio, sin pensar, estaba en blanco. Nunca pude imaginar que esto sería así. Entonces pensé: Voy a ser racional: Gaudí cogerá el edificio actual, lo elevará, lo llevará al mar, lo sumergirá por dos años —en posición vertical, claro—, luego lo reflotará y lo devolverá volando al lugar original, convertido en una obra maestra de la humanidad.

No, esto no es posible. Claro que pensé en Jules Verne, en mi biblioteca científica, en la filosófica y hasta en la divina. Pensé en los milagros de Jesucristo, Dios mío, nada era comparable. Pensé en el Arca de Noé o también cuando Moisés separó las aguas del Mar Rojo, un verdadero prodigio que físicos norteamericanos estaban estudiando entonces. ¿Era posible lo que me proponía Gaudí?

Gaudí, ya dije, era hombre de pocas palabras. Permanecía impasible ante mi impaciencia, agitación y sudor… Cada vez me sentía más agitado, nervioso, aturdido, mi respiración cada vez era más entrecortada y mi pulso acelerado.

Por fin desperté de este sueño. Eran las cuatro de la madrugada. Estaba solo en la habitación. Gaudí no estaba allí.

¿Lo había soñado? ¿Había sucedido aquella reunión? ¿Qué había pasado? Lástima que el Doctor Freud no había publicado todavía su libro La interpretación de los sueños. Bebí un poco de agua, no pude seguir durmiendo, me tranquilicé y todo empezó a parecer un sueño.

Mientras amanecía, seguí pensando en el sueño, cada vez me gustaba más la idea, era genial, ¡quería que mi sueño si hiciera realidad al instante! Esperé a que fuese completamente de día para encontrarme con Antoni Gaudí, quería saber si era un sueño o había ocurrido.

Al fin nos reunimos en mi despacho de la fábrica textil y le volví a preguntar qué haría para mi casa y cómo lo haría. Gaudí me contestó, con absoluta tranquilidad —se le veía feliz, y su cara reflejaba más al genio que al loco—: Ya sabe, Sr. Batlló, haré la casa más bella y feliz que pueda imaginarse. He pensado en el mar, en leyendas como la de Sant Jordi y en formas, luz, color… Déjemelo a mí. Creo que le gustará.

Jamás le conté mi sueño a Gaudí.»

Josep María Civit, director creativo de la Casa Batlló

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